La responsabilidad en la elaboración de la indumentaria tradicional ha estado desde siempre en manos femeninas. Tejeduría, bordados y sombrerería vegetal surgen de técnicas y gustos ancestrales guardados celosamente por la mujer palmera. Diríamos que era uno de los mayores tesoros de la familia, que se pasaba de madres a hijas durante centenas de años. Fundamentalmente a ellas se debe el rico legado de la indumentaria tradicional de La Palma.

Las artesanas de la indumentaria tradicional continúan reproduciendo los antiguos diseños en los cortes del textil, el vuelo y pliegues en faldas y enaguas, los diferentes estilos de bordados, los cuadrantes en enaguas, camisas y calzoncillos, la mismas empleitas en los sombreros de paja, con diferente anchura en el ala, y los distintos modelos en la tradicional montera, tanto de hombre como de mujer.

 

La riqueza de la indumentaria tradicional palmera está directamente relacionada con la diversidad de la climatología y orografía insular. Un territorio de sólo 706 km2 y una altura máxima de 2426 metros, surcada por profundos barrancos, pequeños valles, caseríos diseminados, frecuentes lluvias, nieve en la cumbre y cálido sol en las costas, laberintos de senderos y caminos, sin duda, propició la diversidad de empleos en el vestuario de sus habitantes que, con el transcurso de los años, cayó en desuso y acabó por convertirse en la indumentaria que hoy se tiene por tradicional.

A grandes rasgos, la indumentaria tradicional de La Palma se agrupa en tres estilos diferentes que coinciden con los que se encuentran cotidianamente en cualquier manifestación festiva de carácter popular: traje de gala, traje de faena y traje de manto y saya.

El traje de gala, propio de domingos y fiestas, se elabora a base de ricas telas refinadas entre las que predominan la seda y los terciopelos, tanto en hombre como en mujer. Las enaguas, camisas y calzoncillos van bordados ricamente. Los complementos son esenciales para darle vistosidad al atuendo. Entre ellos, ocupan un destacado lugar las joyas familiares, muchas de ellas fruto de la emigración canaria a Cuba y Venezuela. El pañolón de seda, viejo complemento que se había perdido, se ha recuperado y es usual su utilización por la mujer en este traje de fiesta o gala.

 

 

Además de por la calidad de sus telas, los trajes de gala se diferencian fundamentalmente de los de trabajo o faena por la sustitución de la clásica montera palmera por el pequeño sombrero de paja de trigo, rematado con cintas de seda, florecitas y plumas. En el caso del varón, los pantalones, chalecos y monteras del traje de gala se confeccionan con terciopelos, damascos y finos brocados. Tanto en la indumentaria de faena como en la de gala, la mujer se reboza bellamente la cabeza con la elegante gasa de seda.

En relación al traje de faena, de diario o de trabajo, predominante entre las clases más populares o comunidades rurales, se tiene prueba documental de que se confeccionaba en los telares familiares, a diferencia del de gala, en el que esta afirmación no es válida debido a la importación de tejidos suntuosos. No obstante, una parte de ellos se realizaba con seda artesana de La Palma.

Entre 1793 y 1806, Francisco Escolar y Serrano destaca la fábrica textil como industria realizada por las mujeres. Apunta que en Garafía las mujeres hilan lino y lana y tejen lienzo y tiritaña parda muy burda de que se visten los de este pueblo, en lo cual y en la hechura de la montera se distinguen de los demás habitantes de la isla.

En el borde de la falda el traje tanto de gala como de faena se incorporaba la barredera, a modo de cinta, para proteger del deterioro por el roce continuado con el suelo. El justillo de ricas telas del traje de gala se sustituye, en este caso, por las telas más burdas de lana. Sin embargo, en la ropa interior siguen apareciendo los bordados, tanto en las vestimentas de gala como en las de faena. Se conservan antiguas camisas en las que en el puño aparecen hasta doce tipos de puntos diferentes.

Se conoce por tapada con manto y saya a un estilo de vestimenta, de mediados del siglo XVI, compuesto por tres primeras enaguas (la tercera es la blanca o interior) de igual o distinto color y similares a las que se utilizan en los trajes de gala. Una de ellas se coloca en los hombros o sobre la cabeza, configurando la clásica tapada. En algunos casos, el manto no corresponde a la tercera saya, sino que va separada.

La referencia más antigua que conocemos de la existencia de mujeres tapadas con manto y saya, en La Palma se encuentra en un inventario de la iglesia parroquial de Las Nieves de 1642, que incluye una joya de oro que la dio una tapada a un clérigo que la diese. Esta tapada se trata de una mujer que ocultaba su rostro con el manto. Actualmente y en algunos casos, aunque originalmente no lo llevara (quedando como único ejemplo Los Llanos de Aridane), el traje se complementa con una gasa de seda cubierta con sombrero de copa troncocónico. El hombre viste calzón hasta la rodilla, medias blancas y levita o casaca baja o corta de diferentes textiles y sombrero de copa.

Hoy en día, manos de mujer son las herederas de la rica y bellísima tradición, valioso testimonio etnográfico del vestir que fuera cotidiano entre los palmeros.

Copyright: Textos cedidos por ADER-La Palma.
Autora: María Victoria Hernández Pérez.

 

 

Las labores artesanas palmeras son, por su propia esencia, procesos lentos, mimados, en los que no se tiene en cuenta las horas, sino la calidad del producto final. Están destinadas al disfrute y goce de los amantes de lo verdadero y auténtico, guardan las más ancestrales técnicas, alejadas de las corrientes económicas de la denominada «globalización».

Gracias a la progresiva incorporación de la mujer a los viejos oficios reglados sólo para hombres, la continuidad de aquéllos ha perdurado. Hoy gran parte de la oferta de la artesanía esconde a anónimas, elegantes, finas y, al mismo tiempo, curtidas manos femeninas. La mujer guardó celosamente los viejos saberes populares de la hoy llamada «artesanía» -elaborada con las manos y el gusto propio de la cultura popular-, que en tiempos remotos fue el único medio de vida y pervivencia de la familia. Esa cultura, de campesinas y labradoras, fue pasando de generación en generación como lo mejor y más preciado de las herencias y legados tradicionales.

Adquirir una pieza artesana no sólo significa poseer un objeto o útil -en algunos casos, como decoración o inadumentaria-, sino que con ella se retrocede a una milenaria cultura popular, por suerte, viva y auténtica en La Palma.







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