Como otros oficios artesanos practicados en la isla de La Palma, el barro ha permanecido gracias a que el oficio fue asumido por las mujeres, las conocidas popularmente como loceras, las viejas alfareras de la loza popular. En otras latitudes, fue y sigue siendo oficio de varón, por lo que en el caso palmero el testigo de esta cultura milenaria ha pervivido -insistimos- merced a la incorporación de la mujer a estas labores. Los hogares palmeros se encontraban antaño dotados de numerosos útiles de barro: braseros, tostadores, tallas (bernegales), ollas, barcas (cazuelas), bandejas, jarros, juguetes y moldes de confitería y tostadores…

 

Después de la muerte en 1980, de Anuncia Vidal (Santa Cruz de La Palma) a sus 67 años, considerada por muchos como la última locera auténtica, parecía que la loza de La Palma iba a tener muy difícil continuidad; de hecho, Anuncia había dejado de trabajar hacía bastante tiempo. Por fortuna, ese designio no se ha cumplido y, en la actualidad, esta tradición artesana se ha recuperado. Buena culpa de ese desolador panorama debió tenerla, por un lado, la introducción de menaje de cocina en metal y, por otro, la nevera como sustituta de los viejos porrones y bernegales, y el plástico como recipiente irrompible para la conservación de los alimentos.

Se recuerda a Anuncia enseñando, casi ciega, cómo se amasaba el barro o cuál era la técnica para levantar los cacharros sin torno:

Hay que limpiar el barro -decía-, echarle agua y mezclarlo con arena, para que no se raje, y trabajarlo hasta que esté amorosito. Es preciso dejarlo secar a la sombra una semana, y después bruñirlo con agua y un callao de la mar. [Posteriormente se procedía a la quemada a fuego directo, en medio de una huerta:] la loza de lado, con la boca hacia donde sopla el viento, llenando los huecos de piñas y trozos de leña y poniendo más leña hasta que esté toda tapada.

 

La característica más destacada de estas bellas y bien terminadas labores artesanas es la formación manual de la pieza, sin el empleo del torno. Uso y modo peculiares que se remontan miles de años antes de que se descubriera el avance considerable que fue el aparejo del torno alfarero.

Los restos cerámicos prehispánicos palmeros atestiguan una cerámica muy diferente a la de las otras islas del Archipiélago. Su belleza habla por sí sola de una civilización perfeccionista, que parece haberse perpetuado a lo largo de toda su historia. Algunas de las técnicas que hicieron posible la producción de cerámica benahoarita se conservan en la reproducción de estas piezas, especialmente en la decoración incisa y en el color negro característico del quemado. Un museo es el destino natural y establecido para la arqueología, pero algo del enigmático mundo prehispánico palmero conservan hoy en día estas piezas, que reproducen fielmente la cultura palmera anterior a 1493, año de la incorporación de la isla a la Corona de Castilla. El catálogo de la oferta de estas reproducciones supera los 200 modelos diferentes.

A finales del siglo XV, el devenir de La Palma sufre una profunda convulsión, asumiendo, tras la conquista, los usos y costumbres de los nuevos colonos venidos de Europa. Muy escasas son las crónicas que proporcionan datos sobre la vida cotidiana en esa época. Hay, sin embargo, una de gran valor: la recogida por Gaspar Frutuoso a mediados del siglo XVI y en la que, entre otros aspectos, se hace referencia a la utilización del barro por la nueva sociedad palmera:

Todos son criadores de cabras y ovejas, comen gofio de trigo y cebada, amasándolo en aceite, miel y leche, en tostadores que hacen de barro muy liso.

 

El tostador de granos es, pues, una de las primeras referencias que se conocen de una pieza del ajuar doméstico de los campesinos y labradores palmeros del Quinientos.

El barro palmero -de tacto rotundo pero increíblemente delicado- ha seguido un proceso de recuperación en los últimos tiempos, iniciado a mediados de los años setenta del siglo XX y, actualmente, en fase ascendente e imparable. El barro y la arena de barranco continúan ofreciendo su lado más bello y juntos dan forma a reproducciones de cerámica prehispánica y a útiles de la tradicional loza doméstica.

Delicadas, finas y, al mismo tiempo, fuertes y rudas manos de mujer amasan y moldean amorosamente el barro, extrayendo lo más bello de lo que son capaces, sin importarles su empleo final. Aquí, la belleza no está reñida con el barro y su uso.

Copyright: Textos cedidos por ADER-La Palma.
Autora: María Victoria Hernández Pérez.

 

 

Las labores artesanas palmeras son, por su propia esencia, procesos lentos, mimados, en los que no se tiene en cuenta las horas, sino la calidad del producto final. Están destinadas al disfrute y goce de los amantes de lo verdadero y auténtico, guardan las más ancestrales técnicas, alejadas de las corrientes económicas de la denominada «globalización».

Gracias a la progresiva incorporación de la mujer a los viejos oficios reglados sólo para hombres, la continuidad de aquéllos ha perdurado. Hoy gran parte de la oferta de la artesanía esconde a anónimas, elegantes, finas y, al mismo tiempo, curtidas manos femeninas. La mujer guardó celosamente los viejos saberes populares de la hoy llamada «artesanía» -elaborada con las manos y el gusto propio de la cultura popular-, que en tiempos remotos fue el único medio de vida y pervivencia de la familia. Esa cultura, de campesinas y labradoras, fue pasando de generación en generación como lo mejor y más preciado de las herencias y legados tradicionales.

Adquirir una pieza artesana no sólo significa poseer un objeto o útil -en algunos casos, como decoración o indumentaria-, sino que con ella se retrocede a una milenaria cultura popular, por suerte, viva y auténtica en La Palma.










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